Las palabras se las lleva el viento, su esencia permanece hasta que te liberas y ya nada te ata

DE LA OSCURIDAD A LA LUZ


Quiero compartir con todos este relato que surgió, como casi todo, sin querer, sin buscarlo, con el deseo que aporte un poco de luz en la oscuridad.


En la tribu Hace ya tanto tiempo que no recuerdo cómo empezó todo. Reminiscencias aún me quedan del instante en que comencé a percibir todo cuanto me rodeaba; mis manos palpaban cuanto alcanzaba; mis ojos se sorprendían ante el espectáculo que descubría sin cesar a mi alrededor; escuchaba sonidos incomprensibles por doquier; descubrí mi rostro al verme reflejado en el agua, era semejante al de otros seres que, como yo, vivíamos en una caverna. Nos protegíamos en ella no sólo de las inclemencias del tiempo, sino también de otros seres que caminaban
posando sus cuatro patas sobre el suelo; descubrí el miedo gracias a ellos, pues contemplé cómo perseguían a uno de los nuestros y al alcanzarle, un grito desgarrador sentí en todo mi ser, que a lo largo de mi corta vida no conseguí olvidar. Le despedazaron como si de una hierba se tratase. Comprendimos que debíamos defendernos de las bestias que compartían con nosotros una naturaleza tan bella como cruel. Nos alimentábamos de los frutos que encontrábamos sin esfuerzo; otros seres, que no nos producían ningún temor, nos arrebataban, a veces, dichos frutos en medio de un juego que nos agradaba. Eran muy similares a nosotros salvo que todo su cuerpo estaba cubierto de un espeso vello.


Me sorprendían las intensas tormentas con su espectáculo de luz y sonido. Haciéndome sentir inmensamente pequeño, me abrazaba a cualquiera de mis congéneres cada vez que escuchaba el estruendo que producían; temblaba la tierra bajo mis pies. Una vez que acababa una tormenta salíamos de la caverna saltando y gritando de alegría. Una esfera de luz inmensa volvía a aparecer en el cielo azul, dejaba que su calor calentara mi cuerpo. Sentía una paz en mi pecho, que se extendía a todo mi ser, que no comprendía y sin embargo buscaba tanto o más que la mano de mi padre o mi madre, aunque he de destacar que para nosotros cualquiera ejercía el papel protector, pues aunque nuestra comunidad era pequeña, no más de treinta miembros, nos sentíamos como una unidad, una familia, era nuestra forma de sobrevivir en un ambiente hostil.

Hacía tiempo que nos habíamos establecido junto a un lago después que nuestro anterior asentamiento dejara de ofrecernos seguridad, pues un incendio provocado por un rayo quemó gran parte del entorno. Al parecer no fuimos los únicos que tomamos tal decisión, ya que otra tribu, pocos días más tarde de nuestra instalación junto al lago divisamos al otro lado de él. Aquella zona estaba menos poblada y temimos que antes o después acabarían acercándose. En realidad no sé por qué se generó tal temor, pues nunca antes habíamos tenido contacto con nadie de nuestra especie. ¿Instinto gregario, de supervivencia? Tal vez, el caso es que “algo” nos decía que debíamos estar en permanente alerta.

Una noche, dormitando al abrigo de las inclemencias del tiempo en nuestra caverna –así lo considerábamos ahora, como una posesión a defender ante cualquier ataque exterior–, fuimos brutalmente asaltados; gritos y golpes por doquier. Salimos despavoridos unos, y otros intentaron repeler el ataque. Mujeres y niños corriendo sin parar, algunos protegíamos la huida; éramos pacíficos y nunca tuvimos ocasión, anteriormente, de usar nada que hiciera daño a otras personas.
Al alba, lejos de nuestro hogar y habiendo dejado ocultos a los pocos que nos acompañaron en la escapada, tres jóvenes nos acercamos a la caverna. A una cierta distancia contemplamos con horror como habían apilado a los que no pudieron escapar, y alrededor, en una danza macabra bailaban y saltaban los que días atrás llegaron al lago. Nos estremecimos reteniendo un grito que nos hubiera delatado; nuestros ojos pudieron dejar desprender el dolor que nuestra alma era incapaz de asimilar. El futuro volvía a ser incierto, pero no había vuelta atrás.

Al comunicar a los supervivientes la masacre que vimos, tomamos la decisión de ir hacia el norte, muy lejos de la tierra que nos vio nacer. Pudimos haber atacado e intentar rescatar lo poco que habíamos perdido o morir en el intento, pero fuimos más sensatos y nuestro instinto nos decía que había que sobrevivir. Nuestras mentes no eran capaces de asimilar cómo un ser era capaz de tal crueldad. Si se hubieran acercado, hablado con nuestros ancianos, estoy seguro que no habría ocurrido nada irreparable.

Tres días y tres noches más tarde, agotados y siguiendo el curso descendente de un río, llegamos a una planicie donde unos animales, para nosotros desconocidos, pastaban plácidamente. No se inmutaron con nuestra llegada. Nos sentamos y en silencio, la decena de supervivientes, observábamos sus movimientos. Me acerqué con sigilo y tomé unos pocos tallos de los que se alimentaban. El cuerpo de estos animales era de un tamaño mayor que el nuestro, grandes cuernos y emitiendo un sonido semejante al trueno, consiguieron que saliera corriendo, no sin escuchar grandes carcajadas de algunos de los nuestros. Era el primer síntoma de recuperación que se manifestaba en la reducida tribu. Diez quedamos con vida: un anciano, seis jóvenes entre hombres y mujeres, y tres criaturas.
En mis manos, al observar con detenimiento los tallos, se deshacían, pues estaban prácticamente secos; unos granos salieron de unas pequeñas vainas. Llevé a mi boca unos pocos, estaban algo duros, apenas conseguía masticarlos. Se los mostré al resto y los dejamos en la hendidura de una pequeña roca. Agotados, junto a unos viejos troncos, nos dormimos…
Al amanecer, todo el suelo estaba cubierto de rocío, nuestros cuerpos también, aunque ello no nos preocupaba en absoluto, nuestros cuerpos eran robustos. Miré los granos abandonados sobre la roca, los toqué y estaban blandos debido a la humedad.
Los probé nuevamente y, ¡oh, sorpresa!, ahora, reblandecidos tenían un sabor agradable. Les pasé al resto de mis congéneres los granos, que acabaron con ellos en un santiamén. Decidimos llevarnos cuantos granos pudiéramos y continuar el viaje, siempre hacia el norte.
El terreno estaba cada vez más despejado, la alta vegetación había dado paso a una ligera hierba que apenas nos llegaba a las rodillas. Montes bajos a ambos lados del río que nos servía de guía. La esfera de luz en el cielo parecía tener más poder que en nuestro antiguo hábitat, cuando estaba en su cénit teníamos que parar y cobijarnos bajo algún árbol, de los pocos que encontrábamos.

Otro día más de marcha, y al atravesar un desfiladero nos encontramos una espesa vegetación. Nos adentramos en un valle, encontrándonos al poco tiempo ante unas extrañas piedras, con formas que nunca habíamos visto en la naturaleza. Junto a ellas, unas oquedades que nos podrían servir de refugio. Aunque la luz del día penetraba en ellas, no dejaban ver toda su dimensión. Nos metimos, tres de nosotros, no sé si los más valientes, o los más temerarios, en una de ellas. Hasta donde podíamos distinguir no parecía haber ningún peligro, ni siquiera había señal de vida de ningún animal en ella.
El día concluía, pero esta vez el astro pequeño que aparecía cada cierto tiempo en la noche, estaba con la misma silueta que su hermano mayor. Nos dio tranquilidad pues la oscuridad ahora no era tanta. Nuestra pequeña tribu, por fin, pudo descansar como siempre lo había hecho, dentro de la madre tierra. Además, el lugar nos transmitía cierta serenidad…

Los días pasaron, también algunas estaciones, varias épocas de lluvias y alguna sequía. Gracias a los granos que guardamos tiempo atrás, conseguimos tener un alimento casi perpetuo. Los niños, sin pretenderlo, enterraron unos pocos, era un juego más. Tiempo más tarde germinaron y, para nuestro asombro, nos encontramos que podíamos obtener una nutritiva comida además de la que nos ofrecían los árboles del lugar. Guardábamos los granos que generosamente nos proporcionaba la madre tierra varias veces al año.

Con los años nuestra tribu se hizo más grande. De nada carecíamos y nos sentíamos dichosos de existir. Ofrecíamos a los astros del cielo el calor que desprendían nuestras almas del mismo modo en que ellos nos lo daban noche y día. Era una ceremonia sencilla la que al acabar las lluvias establecimos sin pretenderlo; nuestros ancestros eran recordados y, algo más, los sentíamos presentes en medio del círculo que todos formábamos. El fruto que la tierra nos daba, lo colocábamos ante nosotros y frente a ellos, simbolizados por una piedra redonda encontrada junto a las grandes rocas, como signo de generosidad y de un amor que brotaba de nuestros espíritus. El sonido de nuestros corazones era escuchado por todos los presentes como una música que nos llevaba más allá de las estrellas.

Extraños sueños surgían junto a las pesadillas que a veces me asediaban recordándome la masacre de mi gente. En estos sueños como si de un astro más se tratase, me veía sobrevolando el firmamento, acercándome a una esfera de un intenso color azul, era como el lago junto al que viví, pero inmensamente más extenso. El agua lo cubría casi por completo. En una gran extensión de tierra vi las extrañas piedras que ahora son nuestro hogar, tenían juntas un tamaño mayor, parecían tocar el cielo. Y, junto a ellas, gentes con sus cuerpos cubiertos con extrañas vestiduras. Emitían sonidos incomprensibles para mí, pero algo en sus corazones me decía que tenían dificultades. Vociferaban como si fueran a estallar. Sentí, además, que el odio dominaba el ambiente, sus ojos lo reflejaban, eran como los que vi tiempo atrás… Al poco tiempo de contemplar dicho espectáculo, el fuego lo cubrió todo, miles de rayos parecían provenir de todas partes. Truenos, truenos y más truenos, después el silencio. Y el agua fue inundando todo. Mi visión se alejó del lugar y la esfera comenzó a dar vueltas de un modo más rápido, moviéndose el
agua agitadamente. Al cabo de un rato la calma pareció llegar y la esfera estaba girando en sentido contrario, ya nada estaba en su lugar, ni la tierra ni las aguas. Sabía sin comprender que lo que había contemplado era la tierra de mis ancestros. Y que nosotros la poblamos bastante tiempo más tarde. Era como si una nueva oportunidad nos hubiera dado la Vida, aunque parece que aún nos queda mucho por aprender. Contemplé el astro que nos ilumina cada día, pero algo distinto noté, parecía sonreírme. Después todo fue borrado de mi memoria como si nunca hubiera pasado nada, hasta hoy.

*** *** ***

"No hay más batallas, ni más guerras que ganar. Deberíamos desterrar de nuestro léxico estas palabras. Sólo hay desarrollo, crecimiento, evolución, alianza… fusión y... expansión, eterna expansión. Nadie es nuestro enemigo. Todo aquello que nos recuerde que hay otro fuera de uno, que yo soy mejor que tú, que he llegado antes, que soy más inteligente que tú, que soy un privilegiado… un elegido, deberíamos olvidarlo y disolverlo en la nada.
Somos seres únicos, cada uno con un objetivo en cada momento muy particular que hemos de descubrir. Somos un organismo, dentro de otro organismo que está dentro de otro organismo… Podemos cuando así lo deseemos SER CONSCIENTES del Organismo Total, estemos en la “porción” que estemos, y vivir a partir de ese instante la Vida con conocimiento y mucho más importante, con Amor. Con pequeños detalles cotidianos somos capaces de transformarnos y casi sin darnos cuenta todo a nuestro alrededor cambia, éste es nuestro pequeño gran poder."


Ángel Hache

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