Las palabras se las lleva el viento, su esencia permanece hasta que te liberas y ya nada te ata

CARTA A MI HERMANO ( De vuelta de Israel) Y RESPUESTA dada por John Christianson a



Septiembre 12 del 2…


¿Por qué, Hermano de mi alma, no tendré en cuenta tus consideraciones cuando llegan a mi mente con la suavidad del susurro?

Pero tenía tanto interés, como si en ello me fuera la vida, de ir a Israel, a Tierra Santa, y poder vivir allí, recordar y disfrutar de todo lo que hay anclado en mi alma, que aunque me hubieses gritado no te habría escuchado.

Ayer aterrizamos de nuevo en casa. No tengo que decirte cómo me siento, Hermano. Lo sabes de sobra. Una semana en Tierra Santa, se cumplió mi sueño, pero para mi alma ha sido una pesadilla.

También es cierto que Tú eres como eres, y no podías permitir que volviera de allí con esa sensación. Y me hiciste dos regalos maravillosos. ¡Gracias, Hermano del Alma! ¡Sólo Tú eres capaz de esos detalles tan entrañables!

Han pasado ya casi 20 siglos desde entonces, y nada más entrar en el aeropuerto de Madrid con destino a Tel Aviv, ya me quedé atónita. Las medidas de seguridad eran muy fuertes, como si el destino elegido fuera una zona de guerra. La verdad es que sí hay una guerra, “fría”. Todos lo sabemos.


Y una vez allí, Hermano, en cada rincón, en cualquier esquina, en todas las calles, mercadillos, avenidas, en todos los sitios donde alcanzaban mis ojos, había militares y se masticaba la tensión. Igual que hace 20 siglos. Entonces eran los soldados romanos, ahora es el ejército israelí. Solo han cambiado las formas, pero no la historia. La gran Rueda ha dado vueltas y vueltas, y estamos de nuevo en la misma secuencia de un guión, demasiadas veces repetida, tanto que ya está bloqueada, se ha rallado y distorsionado.
Comencé a andar como una peregrina más por sus calles, por sus templos. Muchos templos de piedra, ricamente ornamentados, fastuosos, que me herían el alma. Piedra sobre piedra, con lujo o sin él, dependiendo del pueblo que a lo largo de estos 20 siglos ha invadido esas tierras en el nombre de Dios o de Cristo. ¿Y dónde estaban esos lugares sagrados por los que habías pasado, vivido, albergado tu persona y corazón, Hermano?
Bajo tierra. Debajo de todos esos grandes y ornamentados templos de piedra y oro, y bajando unas estrechas y a veces peligrosas escaleras de caracol, llegabas a un lugar donde aparentemente habías estado y vivido.
Y digo aparentemente porque según cuentan los informes geográficos de la zona, el antiguo pueblo estaría a unos 150 metros de profundidad.
Ignoro la veracidad de este informe, pero mi corazón me decía que lejos estaba de aquello que buscaba.
Cansada, decepcionada, desilusionada, escuchaba el relato del guía como un eco lejano. Me aparté del grupo y me alejé unas decenas de metros. Me dejé caer en el suelo abatida por el calor, la sed y la tristeza por todo lo que veía. Estaba en un pequeño reducto de piedra. Olía a humedad, a cerrado, vi algunos bichitos por el suelo, pero era tal el estado en el que estaba que no me importaba su presencia. Allí fue donde tuve tu primer regalo. Me apoyé en la pared, pues me dolía la espalda, y una fuerte sacudida me puso en pie como un rayo.
Algo tenía aquel rincón. Me volví a sentar de la misma manera, y de nuevo aquella sacudida acompañada de una paz y alegría inexplicables. Pensé por un  momento que era producto de mi imaginación, e hice lo mismo en las otras tres esquinas del pequeño habitáculo. Pero no sucedía nada.
Volví a sentarme en esa esquina peculiar, y volví a sentirlo de nuevo, pero esta vez tuve la sensación de que alguien me abrazaba, me daba calor, y me transmitía lo inexplicable. Supe que eras Tú. De alguna forma, Tú estuviste allí entonces. Todavía tu energía impregnaba esas piedras.
Pregunté al guía por ese lugar, sin mostrar demasiado interés, y me respondió que muy cerca de allí, en un lugar que se venera en un templo, Tú estuviste prisionero esperando juicio. Y entonces sonreí. El lugar que adoraban no era el correcto. Tú estuviste allí, en aquel pequeño rincón, ignorado por todos.
Con ese regalo tuyo comprendí, Hermano, que tú ya no estás allí, que Tierra Santa es una tierra como las demás. Que todo el planeta es santo, es sagrado, y que Israel estaba más vivo en mi interior que allí, y que tú estabas Vivo en mi Corazón, en mi recuerdo, y que aquello eran solo piedras, elevadas por grandes egos y aires de grandeza, atesoradas todavía hoy, y en tu nombre, para hacer negocio y para seguir teniendo a la gente en la más absoluta ignorancia de la hermosa realidad que palpita en su interior.
Y cuando por fin volvíamos a casa, el último día de la peregrinación, fuimos a Qumrán.
Día caluroso, 58 grados. El autobús que nos llevó hasta allí nos aparcó en un apeadero, y los peregrinos, con sus gorras en la cabeza, sus gafas de sol y sus buenos botellines de agua, nos adentramos en el desierto.
Ruinas, piedras perdidas… era todo lo que se veía. Me acordé de los viejos tiempos en el desierto y ni corta ni perezosa me descalcé, me quité la gorra, me eché toda el agua de la botella sobre mi cabeza, cerré los ojos y abrí mis brazos, y aquel fue tu segundo regalo.
Solo me faltaba levitar. Me sentí en Casa, a tu lado, contemplando y sintiendo la majestuosidad del Sol en nuestros cuerpos, y alabando y haciéndonos UNO con el SOL interno, nuestro Padre, que abraza, acaricia, nutre, sublima y eleva a su Hijo.
Ni templos ni gaitas. El desierto, tal cual, en su grandeza, el Templo del Amor, el fiel testigo, el que siempre permanece, porque en su desnudez, es un fiel reflejo del Padre.
Gracias Hermano del Alma por esta experiencia, que empezó mal, pero que me la has transformado en un hermoso regalo para mi alma y mi corazón, pero sobre todo, para mi mente. Le has hecho consciente de que no tiene que buscar fuera nada, que todo lo tiene su propio Corazón, el que tiene la Llave para que ella, la mente, se expanda hasta lo infinito, lo eterno.
Te abrazo, Hermano del Alma, con mis emociones y sentimientos. Ya que no puedo hacerlo de otra manera. Y sigo echándote de menos…


Mabel Roche.




RESPUESTA DE JOHN CHRISTIANSON

Todo el tiempo estuve a vuestro lado. Lo comprendiste: Uno con el Sol interno.
Hace dos mil años, compartí al poco tiempo de “irme” con unos pocos, no elegidos por mí, pues fueron vuestros corazones quienes atrajeron al mío, el Espíritu que vive en mí. Sentisteis en vuestras almas la realidad de la Presencia Divina, más allá de la duda, de la muerte. El mensaje que os trasmití fue éste y el que debíais compartir allá donde vuestros espíritus os llevaran. Vuestra labor era y sigue siendo “ser uno”. Uno con el fuego interno, mostrándoos sencillos, humildes, generosos. Viendo en cada uno de vuestros semejantes a hermanos. Algunos transitan por la vida huérfanos, en busca del gozo de saberse eternos, del reencuentro con un Padre amante. Este tiempo es la oportunidad que os dais para descubrirlo en cualquier lugar del planeta, ya que siempre está la Presencia con y en vosotros a la espera.


Sed hermanos amantes.

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