Las palabras se las lleva el viento, su esencia permanece hasta que te liberas y ya nada te ata

ENTREVISTA SOBRE JESÚS DE NAZARET. 5ª y última parte


Leer antes:
 ENTREVISTA SOBRE JESÚS DE NAZARET 1ª parte 
 ENTREVISTA SOBRE JESÚS DE NAZARET 2ª parte

 ENTREVISTA SOBRE JESÚS DE NAZARET 3ª parte
 ENTREVISTA SOBRE JESÚS DE NAZARET 4ª parte




¿DICES QUE TENÍAS CERCA DE LOS 30 AÑOS? ¿ENTONCES CÚANTOS TENÍA JHASUA CUANDO MURIÓ?



Cuarenta o cuarenta y uno. No murió con 33 años como se dice. Comenzó su vida más pública a los 29 años, pero estuvo diez años viviendo en todas partes y enseñando. Llegó a ser un gran terapeuta, muy reconocido por los amigos y los enemigos.



¿Y DÓNDE FUISTE CUANDO SALISTE DE CASA DE TU PADRE?

Fui a casa de un amigo de Jhasua. Yo solo le había visto una vez, pero confiaba en él. Me dijo que él había recibido un mensaje de que Jhasua quería celebrar una reunión con los amigos, que quería hablar con nosotros. Aquella reunión iba a ser una cena, y la hora de la cita a las seis de la tarde del día siguiente. Me quedé con él
en su casa, y cuando le dije mi intención de localizar a Jhasua en la ciudad, me dijo que no lo hiciera, que no era conveniente para su seguridad. El rostro de aquel hombre, tan preocupado, me resquebrajó por dentro.

Me deshice de mis ropas viejas, y me vestí con las mejores galas romanas de mi madre.


Comencé la búsqueda de Jhasua, hasta que di con él. Cuando me vio se echó a reír. Nunca me había visto vestida de mujer de aquella forma. Me abrazó y me dijo que tenía que hacer unas cuantas cosas, y que prefería estar conmigo en otro momento más tranquilo. Me invitó a la cena que al día siguiente iba a tener con todos sus acompañantes. El sabía que le había visto en sueños, ya que me envió ese mensaje. Pero cuando le pregunté que por qué lloraba, sonrió, me besó y me contestó que porque era muy feliz.

Le vi desaparecer entre sus seguidores, pero mi corazón se quedó pesaroso e intranquilo.

Al día siguiente, a la tarde, me puse mis mejores vestidos y acudí a la dirección que Jhasua me había dado. Llegué un poco tarde, ya que hubo un altercado en la calle entre soldados y gente del pueblo, y no era muy seguro andar por las calles.

Cuando llegué, subí unas escaleras y cuando me dispuse entrar en la sala donde estaban reunidos, oí algo que me dejó pegada al suelo y con el alma congelada. Jhasua les estaba contando lo que le iba a acontecer, e intentaba explicarles el sentido de todo aquello. No pude atravesar la cortina, y me quedé sentada en el suelo, al pie de la escalera. Uno de los sirvientes que atendía la mesa, al verme en el suelo, me preguntó si necesitaba algo, y como no le respondía, me invitó a que pasara a una salita contigua al comedor. Allí estaba molestando.

No sé cuánto tiempo pasó. En la misma posición en la que me dejó el sirviente, me encontró Jhasua luego. Se habían marchado todos, salvo dos de sus amigos que le esperaban en la calle. Uno de ellos creo que era mi querido filósofo.

Había entrado a la salita con una copa de vino, de la que bebió y luego me ofreció a mí. Entonces comprendí. Lo supe todo. Bebí y me abracé a él con desesperación. El me abrazó con fuerza, como lo hacía antaño, cuando niña. Yo entonces le miré y vi que lloraba y le supliqué que me permitiera estar a su lado. Él me dijo que tenía miedo, que su cuerpo temblaba ante lo que le esperaba, pero que su corazón estaba lleno de felicidad. Yo le insistí, quería estar con él, pero él, casi me suplicó, que me alejara. No quería que viese, que me destrozara el corazón. Yo todavía no había entendido lo que le movía a hacer aquello, y solo compartiría con él el dolor, y no la plenitud y el Amor que había en todo su Ser. Pero aunque me lo suplicó, no pude complacerle. Lo primero que hice, como una posesa, fue ir a entrevistarme con Poncio, pero había mucho alboroto en las calles, y los soldados no me permitieron verle. Estaba ocupado en asuntos más importantes. Entonces volví al lugar donde se había celebrado la cena, y ya no había nadie, pero uno de los sirvientes me dijo qué dirección había tomado Jhasua con sus dos acompañantes. Enseguida intuí hacia donde se dirigían. Había una zona muy alta, desde donde se veían los tejados de las casas de Jerusalén, y donde Jhasua, cuando estaba trabajando allí, solía escaparse para estar a solas. Me eché a correr, y perdí una de las sandalias de cuero, y como siempre, me herí en un pie. Me costó encontrarles, pero al fin vi a sus acompañantes. Uno de ellos era el filósofo, mi querido confidente, pero no deseaba en esos momentos hablar con ellos. Pensé que Jhasua no tenía que estar muy lejos, y seguí avanzando. Y lo encontré, arrodillado y abrazado a un fuerte árbol. Lloraba, pero en silencio. Mis pies quisieron moverse, echarse a correr de nuevo hacia él, pero su oración se hizo más sonora y suplicante, y quedé inmovilizada, escuchándole. Jhasua no oraba al Padre por él, ni le suplicaba que apartara el cáliz de su camino, ya que lo había elegido el mismo. Oraba por sus amigos, por sus hermanos. Quedarían solos, y sabía que los tiempos no iban a ser nada buenos para ellos. Los veía todavía tan débiles, tan indefensos..., por ello quería morir, quería ser su alimento, su fuerza, su energía. Quería vivir en ellos, luchar con ellos... ¿pero cómo hacerles comprender que lo que hacía era por ellos? ¿Que no iban a estar solos? Y de nuevo se echó a llorar, abrazando con más intensidad al viejo y frondoso árbol.


Ni hizo falta que fuera hacia él. Lo sabía, me había sentido. Se levantó, se volvió y vino hacia mí.

¿Tú si que me entiendes, verdad Camaleón? –me preguntó.

¡Creo que sí, Jhasua! Le contesté besándole el rostro.

¡Camaleón, vete de aquí... aléjate... no quiero verte sufrir!

¡Si me dejaras compartirlo contigo, no sufriría, y lo sabes!

¡No está en mi mano, Camaleón... es un asunto entre tu corazón y el Padre!

¡Ya lo he tratado con él, Jhasua, pero no me ha respondido!

¡Tienes tanto dolor en tu corazón, que no le puedes escuchar, Camaleón...!


Me has dicho tantas veces que soy una Hija del Sol, que al final me lo he creído. ¿Sabes? Es cierto que mi amor por esta Humanidad es algo débil, pero te amo a ti más que a mi propia existencia, y tú para mí eres la Vida, la Luz, el aire que respiro... ¿Sabes lo que le he pedido al Padre? Que me permita estar contigo, que si es necesario, volveré y volveré hasta el final del tiempo, trabajaré por esta humanidad que tanto amas, y que estoy empezando a sentir en mi Corazón, pero, quiero estar a tu lado, Jhasua.

¡Ya veo que ha llegado la hora para los dos! Siente también en tu corazón la plegaria de muchos de nuestros hermanos que en estos momentos, en el mundo, están entregándose con nosotros. Y confía... confía en el Amor, Camaleón. Y por favor, hermana... si has decidido estar cerca de mí, que no haya lágrimas en tus ojos, ni dolor en tu corazón. Necesitaré la sonrisa de mis hermanos para poder avanzar en mi camino.

Sentí que Jhasua necesitaba estar a solas unos momentos, me abracé a él y salí corriendo de allí.

Me quedé rezagada entre los matorrales, esperando los acontecimientos.



¿ERAS CONSCIENTE DE LO QUE LE PEDÍAS AL PADRE A CAMBIO DE ESTAR AL LADO DE JHASUA?

Claro. Era morir y volver a nacer, morir y volver a nacer, así durante años y años..., ese era el concepto que tenía entonces. Y en aquel trance tan doloroso y decisivo me di cuenta que  amaba tanto o más el sueño de Jhasua que a él mismo, que no solo era el sueño de él, sino el objetivo de todos los hermanos, los hijos del Sol, en esta dimensión de la materia. Pero mi despertar fue así, un poco chapucerillo. ¡Qué vamos a hacer! Éramos todos hermanos, procedíamos del mismo lugar, y mira la diferencia de consciencia entre Jhasua y yo, por ejemplo. El me decía que era por necesidad del guión de la puesta en escena del Sueño de la Vida, que lo más importante era ser coherente con nuestra interpretación y dar lo máximo de nuestro Ser en ese pequeño papel interpretativo. ¡Si le hubiese comprendido antes como lo hago ahora...!



¿Y QUÉ SUCEDIÓ DESPUÉS?

La guardia del templo fue a por él. Mi filósofo se interpuso entre esa gente y Jhasua, y recibió un fuerte golpe que le dejó sin sentido y tendido en el suelo. Cuando desaparecieron con Jhasua, me acerqué a Jhoan y le ayudé a levantarse. Estaba conmocionado y desesperado. Yo intenté tranquilizarle, y al final nos serenamos los dos. Estudiamos meticulosamente nuestros próximos movimientos, con el fin de estar cerca de él. Los dos éramos conscientes de lo que iba a acontecer, y el significado de ello, y aunque el corazón nos sangraba, nuestro espíritu lo aceptó, y nos preparamos para ser el apoyo que Jhasua tanto iba a necesitar, y no unas plañideras.

Yo era conocida y respetada en los círculos romanos. Podía tener acceso a casi todos los lugares públicos y a algunos privados. El hecho de ser amiga de Poncio, me abría todas las puertas. Además yo vivía como una romana y me comportaba como tal, y por qué no decirlo, mi madre debió ser alguien importante en los ambientes romanos. Todos sus amigos me decían que era el vivo retrato de ella. Entonces comprendí el por qué mi padre huía casi siempre de mi presencia. La amó intensamente, y yo se la recordaba constantemente. Gracias a ese privilegio que tenía yo, Jhoan también tuvo acceso a todos aquéllos lugares.

Fuimos testigos de todo el proceso en la zona romana, pero cuando se lo llevaron al Templo, a la presencia de los sacerdotes, no pudimos seguirlo. Me enteré que mi padre formaba parte de aquel vergonzoso tribunal, y que fue uno de los que más le ridiculizó y ofendió. Sigo amando a ese hombre que fue mi padre, y espero que hoy sea uno de los muchos, como Judas y Poncio, que trabaje en este Plan tan Maravilloso de Amor.

El primer golpe que recibió mi corazón, fue en el patio de atrás, el que daba acceso a la vivienda de Caifás. Hasta allí, sí que me atreví a ir, ya que salvo mi padre y unos pocos de los sacerdotes, no me conocían. Además estaba estratégicamente mezclada entre la gente. Los guardianes y servidores de algunos sacerdotes estaban mofándose de Jhasua. Le habían atado las muñecas por atrás, en la espalda. Y uno de ellos le soltó semejante golpe en la cara, que con su fuerza y altura le tiró al suelo. Pero no fue por algo que dijera, ya que Jhasua estaba en silencio, sino por atreverse a mirarles con la cabeza alta y a los ojos. Él no les tenía miedo y eso era lo que más les enfurecía. Comenzó a sangrar por la nariz y por la boca. Pero como tenían que presentarlo ante el sanedrín, le echaron por encima un recipiente con agua. Cuando le metieron en el interior, ya no pude seguirle.

Yo sabía que tarde o temprano lo llevarían ante Poncio, y hacia allí me fui, hacia el puesto militar. Como siempre, estaba ocupado. Él ya sabía para qué quería hablar con él, y no deseaba el encuentro. Así que esperé, casi toda una mañana, y al final, el funesto cortejo apareció. Poncio les estaba esperando, fuera de sus estancias, en el patio, donde entrenaban sus soldados. Cuando vi aparecer a Jhasua, mi corazón se estremeció y mi vientre se revolvió. Estaba lleno de magulladuras, moretones, salivazos, golpes, su precioso pelo revuelto y manchado de barro. El mismo Poncio se ofendió por llevar ante él a un preso tan sucio y en esas condiciones. Y ordenó que fuera limpiado antes de comenzar el proceso.

Se lo llevaron, y al cabo de unos minutos lo volvieron a poner ante la presencia del procurador. Estaba totalmente desnudo y chorreando agua. Uno de los soldados le echó por encima una capa, y Poncio, muy contrariado, dio comienzo a  la farsa del juicio.

Es cierto, y doy fe, de que Pilatos hizo lo imposible por salvarle la vida, pero a pesar del poderío romano, aquel hombre estaba hipotecado por los entresijos de la política, y al final, asqueado de aquellos sacerdotes y harto de aquella “gentuza” como él llamaba a los judíos, hizo un gesto muy típico en él, que era el frotarse las manos, como diciendo “no me pringo en esto”. Yo no vi que se lavara las manos en ningún sitio. Eso sí, para contentar a la muchedumbre, ordenó que fuera flagelado según la ley romana, ya que el castigo iba a ser infligido por romanos. Y la flagelación romana era pública, con el reo completamente desnudo, y los golpes eran cien más uno. Pocos sobrevivían a ese castigo, y los que lo hacían, quedaban lisiados para el resto de su vida.

Ordenó este castigo en la creencia, creo yo, que el populacho se contentaría, y así darle la posibilidad de sobrevivir.

La flagelación, como te he dicho, era pública, y se iba a ejecutar en aquel mismo patio, pero solo podían estar presentes ciudadanos romanos. Al resto, a pesar de las quejas y gritos, los echaron fuera. Solo quedaron en el patio los soldados, servidores de Poncio y algún que otro mercader extranjero. Jhoan no quería salir de allí, y vino hacia mí. Yo sí que podía permanecer allí, por mi condición de romana, aunque los soldados que me veían se extrañaban de que a una mujer le gustase ver aquél espectáculo. Les incomodaba, pero no podían prohibírmelo. Uno de ellos, que sabía también mi condición de judía y la relación que me unía al preso, para vengarse de mí, creo yo, me cogió amablemente del brazo, pero con fuerza, casi arrastrándome, y me obligó a estar apenas a un metro de Jhasua. Jhoan, fue arrastrado igualmente detrás de mí. Aquel soldado, que era uno de los responsables de la guarnición, me gritó al oído, que si salía de mi boca una palabra o un grito, degollaría delante de mí a Jhoan. Yo creo que en aquellos momentos mi corazón dejó de latir. Al menos yo ni lo sentía, como tampoco mis piernas. Le arrancaron a Jhasua la capa que le habían puesto anteriormente por encima, le ataron las muñecas a un poste, a la altura de su pecho, y de un golpe de pie de uno de los soldados, le dejaron con las piernas totalmente abiertas. Aquellos hombres, que no eran más que basura alcoholizada, dejaron caer a un lado los látigos, se miraron entre sí, y soltaron carcajadas que retumbaron en los pilares del patio. En aquel momento empecé a morir, en mi corazón se abrió una herida que empezó a sangrar. Estaban violando a mi Jhasua, uno tras otro, como bestias,  y yo con las manos tapando mi boca para no cometer el error de gritar. Jhoan se abrazó a mí, y fue entonces cuando Jhasua se volvió hacia nosotros y nos sonrió y oímos su voz, aunque él tenía la boca cerrada por la hinchazón de los golpes: “Animo, hermanos, que el Amor está con nosotros”. Cuando ya aquellas bestias ignorantes lo creyeron oportuno, cogieron sus látigos y comenzaron a golpear a Jhasua por todo su cuerpo. Contabilizaban los golpes, y yo sentía, a cada golpe, cómo mi corazón se debilitaba más y más. Y por fin el ciento uno, más una patada que le dieron en el bajo vientre para que se pusiera en pie. Jhasua violado, vejado, ultrajado y destrozado a golpes. Muy pocos han dejado testimonio fiel, y los que lo han hecho, se quedaron cortos. Además... ¿cómo iban a dar testimonio de algo que no vieron? Tan solo Jhoan estuvo conmigo, y el filósofo perdió allí el brillo de sus ojos.

Uno de los soldados, como vio que Jhasua se tambaleaba peligrosamente y necesitaba terminar de ajustar unas cadenas, lo empujó hacia mí, quedando a merced de mis brazos. Jhoan me ayudó a sujetarle, ya que si no los dos nos hubiéramos caído al suelo. Me olvidé de sus heridas, del mal estado en el que estaba, le estrujé contra mí, le abracé con toda mi alma, y sentí su corazón muy acelerado. Tenía mucha fiebre, y temblaba. Le besé y le dije al oído: “No te olvides de mí, llévame contigo”. Y de nuevo nos lo arrancaron. Como debía ser presentado de nuevo ante Pilatos, lo metieron de un golpe en un abrevadero para quitarle del cuerpo la sangre. Lo sacaron y le pusieron por encima una túnica oscura. Uno de aquellos verdugos había preparado otro artilugio de tortura que empleaban muy a menudo. Era un casquete hecho con ramas de una planta que tenía unas espinas del tamaño de un alfiler, de los de ahora. No era mortal, pero sus efectos castigaban mucho al reo y lo ponían al límite. Necesitaron ayudarse de un martillo para encajarlo en su cabeza, y yo ya no pude más y me eché a correr hacia él sujetándome desesperadamente a sus piernas. Uno de los verdugos me soltó de Jhasua, y de un golpe en el rostro me lanzó contra la pared del pórtico. Mi visión se nubló y perdí el conocimiento. Cuando reaccioné, el patio estaba vacío, pero Jhoan estaba a mi lado. Tenía una herida en la cabeza y él me la estaba intentado curar, pero lo que no conseguía era parar la hemorragia. Me había mordido la lengua con el golpe, y me sangraba mucho, y además, se me había hinchado de manera que para respirar lo tenía muy difícil. Pregunté por Jhasua, pero Jhoan me dijo que definitivamente había sido condenado a la muerte en la cruz, y que acababan de cargarle con el tronco y se dirigían hacía el Gólgota. Jhoan quería ir tras él, pero yo no estaba para correr. Le pedí que se fuera, que no le dejara solo. Y así lo hizo. Yo como pude me levanté, me tapé la boca con una parte de mi vestido para controlar la hemorragia, y me puse a andar lentamente. Como vi que no podía hacerlo por mí misma, vi a dos hombres a la salida del patio y les di todo el dinero que tenía con la condición de que me llevarán al Gólgota. No tenían aspecto de ser unos aprovechados, pero se pensaron mucho el ir hasta allí. Me miraron con un gran interrogante en sus rostros, y accedieron, pero me pidieron algo más, un anillo de oro de mi madre, que era el único que conservaba. Se lo di, y ellos cumplieron su cometido. Pero faltaban escasamente unos cinco metros para acceder donde estaban preparando a los reos, cuando unos soldados nos cortaron el camino. Ellos me dejaron tirada en el suelo, y yo sin fuerzas para poder levantarme. Alcé mi cabeza y le vi. Le habían quitado de un golpe la capa, y la piel de su cuerpo se había quedado pegada en la tela, volviendo a sangrar una vez más. Ya no le veía el rostro, hinchado y deformado por los golpes, lleno de sangre y de polvo... Aquél rostro que tanto me enamoró, encendía ahora mi corazón como una antorcha. Quise avanzar arrastrándome, pero el fuego de las fogatas encendidas, el fuerte viento que se había desatado, y aquella sombra oscura y asfixiante que rodeaba el lugar, me impedía avanzar. Se disponían a tumbarle en el suelo para clavarle, y mi corazón ya no resistió más. Sabía que en mi cuerpo algo andaba muy mal. Ya no sentía mis piernas, y tampoco podía hablar. Jhasua se dejaba hacer, a pesar de su sufrimiento, nunca dejó de sonreír y levantó su rostro hacia el Cielo, y fue en ese momento, cuando el aire dejó de soplar, las personas se quedaron inmóviles, como muñecos, el fuego se aquietó, y se hizo un gran silencio. Yo sentí cómo se me caía algo al suelo, sin embargo estaba sobre él, y al momento me sentí ligera y de pie. Enseguida me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Había dejado mi cuerpo en tierra, sin vida. Mi corazón había estallado, y por fin era libre. Vi que Jhasua estaba esperándome con los brazos abiertos y volé hasta él y me abracé con tanta intensidad, que me sentí parte de él, fundida a él. Me sentí en el interior de un volcán, donde había más hermanos. Fuego, energía, expansión, color, luz, plenitud y Amor... Un Amor que te rompía en mis pedazos y te recomponía otra vez. Dolor, mucho dolor..., pero cuanta felicidad... Estaba en el Corazón de Jhasua, estaba sintiendo y experimentando la energía del Padre, estaba compartiendo con mi amor la última entrega, la culminación de una existencia. Miré a los ojos a Jhasua, y esta vez, aunque seguíamos en la cruz, sus ojos estaban abiertos, transparentes, chispeantes y llenos de plenitud y de vida. Y en aquel momento, con voz grave y temblorosa exclamó: “El Amor les ha perdonado, porque no saben lo que están haciendo. ¡Pero nosotros sí, Padre, lo sabemos! Ahora estamos en tus manos, Padre, esta locura maravillosa, ha comenzado”.

Y lo último que recuerdo fue de nuevo el fuego, el calor, el dolor y una fuerte explosión que me cegó y me absorbió hacia el interior del pecho de Jhasua.



LA VERDAD ES QUE... ME HAS DEJADO SOBRECOGIDO... TENGO EL CORAZÓN A LA ALTURA DE LA GARGANTA... Y ME APETECERÍA LLORAR UN POCO PARA DESAHOGARME, PERO TENGO QUE SEGUIR CON LA ENTREVISTA... ENTONCES..., POR LO QUE HAS CONTADO..., ESO DE QUE JHASUA DIJO “PADRE, PADRE POR QUÉ ME HAS ABANDONADO...”, INTUYO QUE NO TIENE MUCHO SENTIDO...

¡Ninguno..., es que no lo dijo! ¿Cómo va a lamentarse de que su Padre le ha abandonado, si estaba en él? ¡Era totalmente consciente de que el Sol iba a hacer explosión con él! Otra cosa que no es cierta, para nada, es que Jhasua fuera un varón de dolores, un chivo expiatorio, un hombre que cargó con la ignorancia del mundo...

¡Mentira! ¡Mentira!

Jhasua, aun en los momentos más álgidos, siguió sonriendo y entregándose con alegría. No fue un chivo expiatorio porque no había nada que expiar, tan solo combatir la ignorancia en la que está sumida esta humanidad. Y no cargó con la ignorancia del mundo, sino que la abrazó, que es muy distinto. Para él no fue una carga, fue un acto de amor hacia sus hermanos.

Pero el hombre sigue sin creer en él, en lo que hizo. Están tan lejos de experimentar ese sentimiento de Amor en sus entrañas, que les parece imposible que un hombre fuese capaz de hacer lo que hizo Jhasua. Es mejor creer que era DIOS, y para Dios es fácil hacerlo. Es mejor idolatrar a un ser, haciéndole responsable de lo bueno y de lo malo que nos acontece en nuestras vidas que descubrir la divinidad que hay dentro de cada uno de nosotros, y actuar en consonancia.

Doy fe de que Jhasua no fue ningún dios especial. Fue un SER HUMANO, UN HIJO DE LA LUZ, como todos, que descubrió su propio grial en su corazón, y desbordándolo, lo dio a beber a la humanidad. Sigámosle, y hagamos lo que él hizo.

Que Lucifer no es el malo de la película. Es nuestro hermano. Que el demonio no existe, es nuestra propia ignorancia la que nos acecha constantemente.

Que no somos pecadores ni merecedores de un Juicio Final de Dios. Tan solo lo tendrán aquellos que no saben perdonarse a sí mismos ni a los demás. Ellos ya están viviendo en su propio infierno. Somos queridos, amados, mimados por el Cielo, pero nuestro corazón está todavía tan dormido... que preferimos permanecer en una pesadilla que despertar a la Vida y a la Luz del Universo.

 (Vivencias de Raquel)
YYY

Linkwithin

Related Posts with Thumbnails